Un amigo mío se compró un coche. Me contó que cuando lo recogió se sentía ilusionado. Y esa es la ilusión con la que le gustaría vivir cada día. Pero como no puede permitirse comprarse un coche así cada semana, me preguntaba cómo mantener ese nivel de felicidad.

 

Mi amigo Carlos se compró un coche la semana pasada. No cualquier coche, sino el modelo S de Tesla. Un Tesla S plateado.
Me contó que cuando lo fue a recoger sintió una ilusión como no sentía desde pequeño. Que le recordó al amanecer de los 6 de Enero cuando iba a despertar a sus padres a las siete de la mañana para que lo acompañasen a ver qué le habían dejado los Reyes.
¿Te imaginas vivir así de ilusionado cada día?– me dijo.

 
¿Qué párrafo te mete más en la historia? ¿Cuál te genera más credibilidad?

Aquí te cuento por qué.

 

 

Cuando contamos algo solemos generalizar. Que si Ángel es muy guapo, que si Ana es muy inteligente, que si el camarero del bar de abajo es un cretino.

Tú has creado esas generalizaciones (guapo, inteligente, cretino) en base a unas experiencias y en tu cerebro está claro que esas personas son así. Tu cerebro no se pregunta el porqué porque ya ha vivido esas experiencias.

Pero el público no. Ellos no saben nada de Ángel ni de Ana. Para que ellos se formen sus ideas necesitan vivir -o al menos, oír- esas experiencias.

 

Si yo hablase de Ángel diría algo así:

Conozco a Ángel desde que éramos críos. Crecimos juntos, desde la guardería hasta la discoteca. Y fue ahí cuando me di cuenta que era un tío guapo. Cada sábado se le acercaban chicas a pares. Para el resto de nosotros era un éxito acercarnos a una y que no nos echase a patadas en dos minutos pero Ángel estaba hecho de otra pasta. Es como si las chicas fuesen abejas y él se hubiese cubierto de miel antes de salir de casa.

 

Si hablase de Ana:

Uno podría pensar que chicos y chicas estarían a la par en calificaciones pero no era así. Al menos en mi universidad. Las cinco mejores notas, siempre, pertenecían a chicas y luego ya se colaba algún varón. De esas chicas había una que era la capitana del equipo. La directora del coro. La presidenta del parlamento. Ana. Una tía inteligente no, lo siguiente. Una crack. Lo último que sé es que le dieron una beca para irse a la universidad de Boston.

 
Del camarero no voy a hablar porque tendría que clasificar el artículo para mayores de 18.

 

Estas pequeñas historias repletas de detalles reales ayudan al público a ponerse en situación. Ellos no conocían a Ángel ni a Ana  pero ahora tienen una mejor idea de quiénes son.

Lo genérico está bien en tu cerebro pero lo específico lo borda en el de los demás.

 
El segundo párrafo te generó más atención, más credibilidad y te metió más en la historia porque es más específico.

Te cuento cómo se llama mi amigo, qué coche se compró y de qué color es. Cuándo lo hizo y qué me dijo exactamente. ¿Notas la diferencia?

Esos detalles son los que hacen resaltar una historia.

 

En tu próximo discurso o presentación olvídate de las generalizaciones y recuerda que lo específico es la mejor apuesta.