Si has escrito un discurso, un artículo o cualquier otra comunicación, probablemente hayas tenido dudas sobre su calidad.

¿Está bien lo que cuento? ¿Debería incluir algo más? ¿Y si quito esta frase?

 

Los discursos no son como las matemáticas o como una receta de cocina: pongo quince esdrújulas, explico este gráfico y en cuánto añada mi ejemplo personal ¡estará listo para servir!

No.

El contenido de tu discurso debe de adaptarse a cada situación.

 

No es lo mismo preparar un discurso para una boda que un discurso público sobre el medio ambiente. No es lo mismo dirigirte a unos adolescentes en un discurso de graduación que hablarles a los directivos de las empresas del Ibex 35. No es lo mismo preparar un discurso de ventas que ser William Wallace y ensayar tu discurso de guerra.

 

Dicho esto y atendiendo a la tendencia a la generalización que tenemos las personas, si me preguntas cuáles son los 3 secretos para escribir un discurso con un buen contenido lo reduciría a tres elementos: los datos, la emoción y la credibilidad. Lo que Aristóteles definía como Ethos, Pathos y Logos

 

Ethos, Pathos y Logos

 

Ethos

Ethos se refiere a la credibilidad que tú puedas tener como orador o divulgador. ¿Por qué tu audiencia debería creer lo que dices?

¿Cómo te sentaría que Urdangarín diese un discurso sobre honestidad y buenas prácticas?

Como orador puedes tener un ethos construido de antemano por tu reputación. Puede que seas un experto en el tema del que hablas, que tengas algún título académico que te legitime o algún trofeo que demuestre que dominas la disciplina que explicas. Si no tienes nada de eso, no te preocupes.

También puedes construir Ethos mientras hablas.
Tu coherencia como orador, tu credibilidad y tu semejanza con la audiencia son factores que ayudan a reforzar tu Ethos.

Otra forma de conseguirlo es citando a fuentes fiables y reconocidas para apoyar tus afirmaciones.

Imagina que quiero hablar de una nueva práctica científica:

 

“Según el Doctor Monroe, jefe de la planta de cirugía avanzada en el Hospital de Connecticut, con esta nueva metodología ha aumentado en un 35% el éxito en sus intervenciones”
Si consigues un buen Ethos, tus discursos serán aceptados con naturalidad y la audiencia no tendrá dudas sobre lo que les estás contando.

Especialmente necesario (y difícil de conseguir) en un discurso político.

 

Pathos

Pathos se refiere a la capacidad que tienen tus palabras de generar emociones en la audiencia.

¿Se te ha puesto la piel de gallina alguna vez al oír el discurso un discurso de película? Apelar a las emociones es uno de los recursos más potentes que tiene un orador. Y de los más difíciles de dominar.

Un discurso emotivo tiene la capacidad de mover a la gente, de llevarles a tomar una acción. Aquí tienes un ejemplo.

Para conseguirlo puedes usar metáforas, contar alguna historia personal o abrirte emocionalmente.

Si consigues despertar emociones con tu discurso escrito seguro que lo conseguirás cuando salgas ahí fuera y lo des.

 

Logos

Logos se refiere al mundo de la lógica y el razonamiento. Es todo aquello que refuerza tu mensaje desde el prisma de la razón.

Imagina que quieres hablar de cómo la polución perjudica a nuestras vidas.

Podrías dar porcentajes de polución en distintas ciudades, mostrar gráficos, podrías definir qué se considera polución: el humo de los coches, algunos desechos tóxicos, según qué gases de la industria, etc.
Con esto conseguirías darle una base sólida y un aura de credibilidad a tu discurso.

Aunque mucha gente habla de Pathos como el ingrediente que hacer moverse a las personas, logos es necesario para elaborar un discurso. ¿O invertirías tus ahorros en un negocio sin haber visto un número?

 

 

Uno de mis discursos famosos preferidos es el que dio Robert Kennedy en 1968 alertando del peligro de medir el progreso y el bienestar de una nación por su Producto Interior Bruto.

 

Te recomiendo que, por poco inglés que sepas, veas el discurso aquí.

 

La traducción vendría a ser algo así:

 
“Hace mucho que medimos nuestra excelencia y nuestros valores sociales por la mera acumulación de cosas materiales.

Si juzgamos a los Estados Unidos por nuestro Producto Interior Bruto deberíamos incluir la polución y los anuncios de tabaco; las ambulancias que usamos para limpiar nuestras autopistas de carnaza; las cerraduras de nuestras puertas y las cárceles para aquellos que las rompen; la destrucción de los bosques y la pérdida de nuestras maravillas naturales en pos del urbanismo salvaje.

Deberíamos incluir también el Napalm, las cabezas nucleares y los coches blindados de la policía que detiene las manifestaciones en nuestras calles; el rifle Whitman y el cuchillo Speck y también los programas de televisión que glorifican la violencia para vender juguetes a nuestros hijos.

Y aún así el Producto Interior Bruto no incluye la salud de nuestros hijos, la calidad de su educación o su modo de gozar jugando. No incluye la belleza de nuestra poesía o la fortaleza de nuestros matrimonios; la inteligencia de nuestro debate público o la integridad de nuestros políticos. No mide nuestro ingenio ni nuestro coraje; nuestra sabiduría ni nuestro aprendizaje; nuestra compasión ni nuestra devoción a nuestro país. Mide todo en corto y se olvida de aquello que hace que la vida valga la pena.

Nos dice todo de América excepto por qué estamos orgullosos de ser americanos.”

 

¿Eres capaz de encontrar los tres elementos?

 

Si quieres aprender a preparar y dar un discurso o una presentación seguramente te interese apuntarte a este curso intensivo.