¿Quién lo hubiese dicho verdad? Al final sí que hice un discurso para ti.

Pero ojalá no estuviese aquí de pie, ojalá hubiese dicho estas palabras dentro 40, 50 o 60 años. Ojalá no tuviese que haberlas dicho nunca. Pero pocos de nuestros ojalás se cumplen. Por eso estamos aquí.

 

Antes de ayer, tu padre me decía que siempre habías sido un tío de los que hacen piña. De esos que unen a la gente. Que lo hacías en el restaurante, que lo hacías en casa y que creía que también lo hacías con los amigos.

Le dije que sí. Que así era. Pero ha sido en estos dos días cuando me he dado cuenta de cuánta razón tenía.

Estos dos días hemos visto a gente de la que ni nos acordábamos. Gente que me ha dicho que hacía 15 años que no te veían.

Pero vinieron ayer. Y hoy.

Vinieron porque eres alguien especial. Vinieron porque dejaste huella en sus vidas. Vinieron porque aunque ya no estés sigues haciendo piña

Todos tus amigos están aquí: amigos del cole, amigos del trabajo, amigos de Mataró, amigos de urgell, amigos de Barcelona, amigos de todos lados.

Algunos te han visto crecer, otros hemos crecido contigo. Algunos han disfrutado de tu calor, otros nos hemos acalorado contigo, Algunos hemos cocinado para ti, pero por suerte para nuestros paladares, has sido tú el que ha cocinado para la mayoría.

Y sin embargo, cuando nos volvamos a juntar todos podremos hablar de ti, pero no podremos hablar contigo. Podremos reírnos de las cosas que pasamos juntos pero no podremos reírnos contigo. Podremos recordarte, podremos imaginarte pero nunca más podremos volver a abrazarte.

 

Adiós amigo.

 

Mark Twain decía que el miedo a la muerte viene del miedo a la vida. Que el que tiene una vida plena está preparado para morir en cualquier momento. Quizás tú lo estuvieses. Pero yo no. Nadie lo estaba.

Y no es por el tópico de la edad. Es por quién eras en realidad.

Por tu optimismo contagioso, por tu sinceridad, por tu objetividad, por tu sonrisa, por los ánimos que nos dabas, por tus “agafo lunurac” y por tus “mmmmm desfassat”.

 

Adiós amigo.

 

Me enseñaste muchas cosas: que se podía ser cariñoso con un amigo sin ser un “hulay”, que uno no nace con carisma sino que se lo gana, me enseñaste que un te quiero no está únicamente reservado para el sexo opuesto.

Y hace dos días, cuando te fuiste, me enseñaste otra cosa más. Me enseñaste cuánto duele perder a alguien a quien quieres. No te haces una idea de cómo es esto, de ver a todos los que te quieren llorar por ti y saber que ya no hay nada que hacer. Que aquella cerveza, que aquella risa, que aquél abrazo fue el último. Joder, no te haces una idea de lo que duele. No te haces una idea amigo.

 

En nuestras eternas sobremesas filosóficas siempre decíamos que somos nosotros los que decidimos cómo nos afectan las cosas. Que ante un mismo hecho dos personas pueden reaccionar de manera distinta.

 

Hoy veo que no es verdad.

 

Igual que existen leyes físicas, también existen leyes del corazón.
Del mismo modo que no puedes dejar caer una pelota y esperar que no toque el suelo, no puedes irte y esperar que no me duela. No puedes dejarme y esperar que no lo sienta. No puedes abandonarme y esperar que lo lleve bien.

No sé si ahora nos estarás viendo pero si es así, perdona por algunas cosas que dije pero sobre todo por lo que no te llegué a decir. Perdona por posponerlo todo y dejar que te marches con tantas cosas pendientes. Perdona por no saber ser menos como yo y más como tú. Y perdona por no acabar con algo espectacular como a ti te gustaba. Aunque tenga ganas, ya no me quedan fuerzas.

Ahora solo puedo despedirme y llevarme tu recuerdo conmigo.

 

Adiós amigo.