En mi cabeza tengo cientos de ejemplos de discursos donde sucede.

El orador sale, da el discurso y, al decir su última palabra, esboza una mueca, emite un suspiro o huye cabizbajo del escenario.

No está contento con su ejecución y lo demuestra con ese gesto.

 

Lo que quizás no sabe es que, al hacerlo, hace partícipe a todo el público de su insatisfacción y los induce a pensar que algo ha salido mal.

 

Cómo terminar un discurso

Si alguna vez te ha pasado, tal vez te sea útil pensar lo siguiente:

Eres el único de la sala que sabe lo que tienes que decir.

Si olvidas algo de tu discurso, la audiencia no lo sabe.
Si te saltas una parte, la audiencia no lo sabe.
Si cambias el orden de algún parágrafo, la audiencia no lo sabe.

Sólo tú sabías lo que tenías que decir (y tal vez yo si te he ayudado a prepararlo) así que no les hagas pensar que algo va mal con tus gestos de auto-desaprobación.

La percepción de tu audiencia no tiene porque coincidir con la tuya ni ser homogénea. Puede que a muchos les haya gustado y se extrañen al verte hacer ese gesto.

 

Imagina que has trabajado muchas horas en preparar un discurso, puede ser un discurso de graduación o uno sobre lo mala persona que es tu casero, lo mismo da.

Has preparado a fondo cómo empezarlo, tienes preparada la frase inicial y justo cuando vas a decirla…zas! Tu cerebro toma otro camino y dices otra cosa.

¿Te paras y pones mala cara?
¿Les preguntas si puedes volver a empezar?

 

No, sigues. Aguantas y sigues.

 

Al terminar tu discurso tienes que seguir la misma política.

No tires por la borda un buen trabajo por esos dos segundos finales. Pase lo que pase acaba bien tu discurso. Si quieres lamentarte, ya tendrás tiempo de hacerlo en tu casa.

¿Has visto alguna vez lo que hacen los gimnastas cuando han fallado en un ejercicio?

 

 

No se desmoronan, no se lamentan, no se quedan en el suelo. Se levantan y saludan.

Sigue su ejemplo