Quizá ningún cargo militar haya dado esa orden en ese orden pero, de haberlo hecho, el resultado no hubiese cambiado demasiado. Si su pelotón fallaba, tan solo tenían que volver a recargar.

En cambio, lo que se popularizó –y probablemente hayas oído- es el clásico preparados, apunten, fuego. Una estrategia que le otorga dos tercios del tiempo total a la preparación y un tercio a la acción.

Crecemos pensando que hay que prepararse para hacer las cosas o, de lo contrario, no saldrán bien. Esa es una creencia útil pero que se puede volver limitante si la llevas al extremo.

 

Hace doce años leí un artículo de Steve Pavlina en el que daba un giro a esta teoría.
Comentaba que en lugar de preparados, apunten, fuego él había encontrado más útil la terminología preparados, fuego, apunten porque obtenía dos grandes beneficios.

El primero es que evitaba quedarse parado en el estado de apuntar.
¿Cuántas ideas o proyectos que tuviste no vieron la luz porque murieron en el estado de “tengo que mirarlo y analizarlo mejor”?
Cuando anteponemos el estudio, la preparación y el -sobre- análisis a la acción, corremos el riesgo de no empezar nunca. Con la visión de Pavlina, ese riesgo se minimiza.

El segundo beneficio es que, una vez hayas disparado, tienes un feedback -de incalculable valor- que antes no tenías y que te ayudará a mejorar tu próximo tiro.

Aquí los disparos son un producto, un servicio o una presentación. Lo digo por si piensas que estás en un destacamento.

 

El reto del malvavisco

Hace años se popularizó un ejercicio para reflexionar sobre el trabajo en equipo llamado “el reto del malvavisco” – “the marshmellow challenge”.
Si me lees desde España, el malvavisco es la nube de chuchería de toda la vida. Si me lees desde fuera, quizá estés más acostumbrado a esa palabra.

Es una prueba que me encanta porque refleja a la perfección el proceso de construcción de las charlas.

Consiste en lo siguiente:

Se forman grupos de 3-5 personas y a cada una de ellas se les da un pack que contiene:

  • 20 espaguetis
  • 1 metro de cinta aislante
  • 1 metro de cordel
  • Una “nube de chuche” o malvavisco

Cada grupo tiene 18 minutos para construir la estructura independiente más alta posible usando estos elementos. En la cima de esta estructura, siempre, deberá estar la nube.

Pueden usar todos los accesorios o solo unos pocos. Pueden cortar los sphagettis y la cinta. O el cordel. Pueden pensar, pueden hablar, pueden copiar. Pueden hacer casi todo mientras al final de los 18 minutos la estructura final se sostenga por si sola y tenga la nube en la parte superior.

Gana el que la tenga más alta. La construcción.

Tom Wujec tiene una charla TED en la que habla sobre ello.

 

¿Qué es lo más frecuente?

La gente pasa unos minutos preparando y diseñando la torre. A menudo más de la mitad de su tiempo.
Luego llega el momento de la acción. Pasados 10 minutos la mayoría empieza coger los espaguetis y la cinta y se pone a trabajar.

Cuando quedan un par de minutos muchos tienen la estructura final montada, entonces añaden la nube y… ven como todo su trabajo se desploma.
No lo parecía pero el peso de la nube hace que la estructura se desmorone. Cuando eso sucede en el minuto 16, queda poco tiempo para solucionarlo.

 

La sobre-preparación en las presentaciones

Creo que es una analogía perfecta de lo que sucede en el mundo de las presentaciones.

Si tienes 2 horas para crear una presentación y dedicas 100 minutos a buscar información y crear contenido y 20 a practicar es muy probable que cuando te des cuenta que ese orden de las ideas, esa expresión o ese ejemplo no son buenos, no tengas tiempo para arreglarlo.

 

Si eres de los que prepara sus presentaciones puede que cometas uno de los principales errores: la clásica sobre-preparación por escrito.

 

Imagina que tienes que hacer una presentación el viernes. Decides empezar a trabajar en ella el lunes, te sientas en el ordenador y te pones a:
 

1- -Buscar información sobre la charla. Acudes a Google y abres quince pestañas con información que consideras interesante y que te propones leer en los próximos minutos.

2- Abres un par de pestañas más. Esos enlaces tienen buena pinta.

3- Te pones a leer. Lees tres artículos y seleccionas la información más interesante.

4- Vuelves a buscar información. Siempre es bueno tener más material.

5- Ahora ya tienes treinta pestañas. Estás haciendo una búsqueda fantástica. Parece que el resultado final es prometedor.

6- Decides que has seleccionado toda la información necesaria. Ahora te pones a escribir. Lo primero que necesitas es un título. En eso no habías caído.

7- Acudes de nuevo a Google para encontrar información sobre cómo crear títulos. Ese artículo sobre los 25 mejores títulos para tu presentación debe de encerrar la clave.

8- Ya son las 14:00. Vas a comer y luego sigues.

 

A las 15:00 abrirás más pestañas y continuarás creando hasta el jueves por la noche.

¿Qué pasa si luego te das cuenta que el contenido no es el más adecuado? ¿Si la estructura no es buena? ¿Si los ejemplos no conectan con la gente? ¿Si es monótona? ¿Si, si, si…?

Que te habrás quedado sin tiempo para corregirlo.

 

Pero puedes hacer otra cosa.

Puedes dedicarle menos tiempo a la búsqueda y preparación y más a la practica. 

Puedes prepararte, disparar y apuntar.

 

Uno de los ejercicios que hacemos en las formaciones es preparar una presentación el último día. Cada participante tiene 45 minutos para prepararse. Puede hacerlo en la sala en la que estamos o irse a otro lado. Puede hacerlo solo o preguntarme, puede escribir palabra por palabra lo que dirá o puede usar esquemas. Solo les recomiendo una cosa. Que dediquen, como mínimo, el mismo tiempo a la generación de contenido que al ensayo verbal.

Quiero que disparen antes de apuntar porque, mientras disparas, te estás preparando.

Por desgracia, la creación sobre papel ocupa la gran parte de la preparación de los alumnos y, cuando se dan cuenta del tiempo consumido, solo les quedan un par de minutos para ensayar.

 

Cómo ayuda el ensayo a la preparación

Hay varios factores que mejorarán tu presentación y que solo la práctica verbal te permitirá ver. Aquí van cuatro:

  • Las palabras en boca no son lo mismo que las palabras escritas. Igual que una cerveza no es igual fría que caliente o un polvo no es lo mismo por la noche que por la mañana.
    Solo te puedes dar cuenta de si te gustan probando.

 

  • Tu presentación tendrá un tiempo máximo. Hablarás cinco, diez o cuarenta minutos, pero es muy probable que alguien te haya marcado un límite. Contar las palabras escritas te dará una idea pero solo verbalizándolas tendrás el minutaje exacto.

 

  • Practicas lenguaje no verbal. Hay gestos que te saldrán de manera natural pero practicar verbalmente te ayudará a generar otros que no te saldrían de primeras como, por ejemplo, avanzar la mano izquierda boca arriba con los dedos semi flexionados y mover la derecha boca abajo alrededor de ésta mientras dices algo como “pivotar alrededor de…”.

 

  • Reduces los nervios del día de la presentación. Los nervios surgen de lo desconocido y cuanto más ensayes verbal y corporalmente lo que debes decir, menos desconocido es para ti. Ergo menos nervios.

 

Cuando le dediques tiempo de preparación a tu charla, no pienses solo en la creación de contenido. Piensa en ensayar. Porque ensayar es, también, una parte de la creación.

 

¡Preparados, ensayen, apunten!